Los efectos perniciosos del exceso de velocidad los conoce todo el mundo, aunque no todos respetan los límites, ni los de la ley ni los de la prudencia. En su lucha contra esta transgresión, las autoridades y los grupos medioambientales cometen el error de olvidarse de los problemas del defecto de velocidad.
Más consumo y más contaminación.
El consumo total en un viaje resulta de cuánto pisamos el acelerador por el tiempo que lo mantenemos pisado. Un coche a ralentí mantiene ligeramente “pisado” el acelerador. Así, cuanto menos dure el viaje, menos se consume.
Al aumentar la velocidad, aumentan las revoluciones del motor y su capacidad de retención, por lo que aumenta el consumo. Cambiando de marchas se consigue disminuir este efecto. Aumentando más la velocidad se empiezan a notar los efectos aerodinámicos, que no hay forma de evitar, y llegado a un punto se invierte el consumo, gastando más a más velocidad. La velocidad a la que se consigue el mínimo consumo se llama velocidad de crucero y para un turismo convencional se encuentra entre 80 y 100 km/h. Los vehículos que disponen de lectura de consumo instantáneo pueden establecer mejor dicha velocidad, que no es fija puesto que depende de muchos factores. Un vehículo circulando a 30 km/h puede consumir lo mismo que a 150 km/h.
Por tanto, obligar a los vehículos a circular a velocidades cada vez menores, aunque mejora la seguridad vial, provoca un aumento del consumo y de la contaminación, además del estrés que ocasiona estar más tiempo en la carretera.
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